“Así que, si tenemos ropa y comida, contentémonos con eso” (1 Timoteo 6:8, NVI).

PortadaJComo mucha gente de nuestra época, Juan no estaba conforme con su trabajo de picapedrero. Su salario era muy bajo; su casa no era grande; no tenía auto. Vivía codiciando lo que otros tenían. Una noche se le apareció la Ambición y le dijo: “Juan, te daré lo que quieras, solo tienes que pedírmelo”. Ni corto ni perezoso, el picapedrero respondió: “Quiero ser rey”. De inmediato su deseo se hizo realidad, y apareció viviendo en un suntuoso palacio.

Una tarde, mientras recorría los espléndidos jardines de su residencia, los rayos del sol le golpeaban enérgicamente. Juan llamó a la Ambición y le dijo: “Quiero ser el Sol”. De inmediato se convirtió en el astro rey. Sin embargo, al ver que una nube bloqueaba sus rayos, Juan se entristeció y le hizo otro pedido a la Ambición: “Debido a que la nube puede tapar mi luz, ahora quiero ser una gran nube”.

Poco tiempo después la nube se deshizo y cayó en forma de agua sobre una gran roca. Juan, admirado por la fortaleza de la roca, le pidió a la Ambición que lo transformara en una gran roca. La Ambición aceptó su pedido y Juan se convirtió en una inmensa y fuerte roca. Por fin todo le había salido como él quería, ya sí se sentía conforme consigo mismo.

Sin embargo, cuando pasaron varios días llegó un picapedrero y comenzó a picar la roca. El pobre Juan gritó con desesperación: “¡Quiero ser un picapedrero!” Desde entonces nunca más volvió a quejarse de su situación.

Lo que Juan precisaba no era aspirar a ser algo mejor, sino aprender a estar contento con lo que tenía. A veces, en nuestro legítimo deseo de aspirar a más de lo que tenemos, no disfrutamos lo que ya tenemos. Creo que nos vendría bien aplicarnos el consejo bíblico: “He aprendido a contentarme con lo que tengo” (Filipenses 4:11).

Cuenta William Barclay que alguien se acercó al rey Enrique VI y le preguntó dónde estaba su corona; su majestad respondió: “Mi corona está en mi corazón, no en mi cabeza; no adornada de diamantes y de piedras de la India; no se puede ver; mi corona se llama contentamiento” (Comentario al Nuevo Testamento, 17 tomos en 1, p. 832). ¿Tienes esa corona? Si es así comparte la etiqueta de hoy:

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Las creencias adventistas tienen el propósito de impregnar toda la vida. Surgen a partir de escrituras que presentan un retrato convincente de Dios, y nos invitan a explorar, experimentar y conocer a Aquel que desea restaurarnos a la plenitud.

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